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sábado, diciembre 21, 2013

Disolver las nieblas





El hombre necesita poseer todo lo creado. No puede ver un caballo salvaje suelto en un prado. Se inquieta al descubrir una nueva planta que aún no aparece en sus almanaques y se precipita a darle un nombre.
Una lejana noche pensó que las estrellas se agrupan formando toros, peces, leones o balanzas con la finalidad de servirnos de oráculo; y en ese momento -sin saberlo- se apropió del firmamento.
Más adelante, al conocer que su hermano podía matarle con la misma piedra con la que cazaba, inventó las leyes. Cuando comprobó que las leyes podían ser insuficientes para calmar la ira de pueblos enteros, inventó las religiones.
Asombrado por el misterio de sus sentimientos, decidió darles un nombre como antes había hecho con los caballos y con las plantas. Pero esta vez, una vez nombrados, no logró poseerlos -fue más fácil con el firmamento-. Entonces creó los mitos y los puso a volar. Pero entendió que las mentes pusilánimes sufrían ante sus castigos y amenazas y probó a darles una definición naciendo los filósofos.
Ahora cree tenerlo todo controlado, cuando en realidad tan solo dispone de un intrincado casillero con millones de cajones ordenados alfabéticamente. Mantiene el hombre a sus hijos abriendo y cerrando esos cajones toda su infancia y a esto lo denomina educación. Cree, en su ignorancia, que la victoria del filósofo sobre la religión, el mito y la astrología es la última etapa del viaje.
El que esto escribe, en un arrebato de impiedad o de absoluta piedad -no sé-, desearía explosionar el casillero, pero se conformaría con poder inyectar silicona en algunas cerraduras.
El que esto escribe, desearía, además, poseer un aliento mágico que disolviera las nieblas. Sobre todo las propias.

2 comentarios:

Enrique Tarragó Freixes dijo...

Un abrazo-e muy fuerte y FELIZ NAVIDAD, mimarzgz

mimarzgz dijo...

Feliz Navidad, Enrique. Un abrazo,