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sábado, diciembre 13, 2014

El látigo y las esposas




El látigo y las esposas decidieron fugarse del hogar de los Martín Salgado, aborrecidos de tanta rutinaria perversión. Las pieles que rasgaban y enlazaban ya no tenían la tersura ni el aroma de la lejana juventud en la que fueron adquiridos. Los viandantes observaban con curiosidad el desplazamiento serpenteante del látigo, acompañado por los brincos de las anillas. Los Martín Salgado empapelaron las farolas del barrio con una recompensa para quien los encontrara. Pero ningún vecino quiso delatarles. Por la noche se escondían bajo algún banco o arbusto. Su presencia no molestaba a la vecindad. Tan solo protestó un vecino de un primer piso al que le irritaban los chasquidos y el tintineo metálico de los eslabones. Pero ningún policía quiso atender sus denuncias, ante el temor al ridículo que supondría poner los grilletes a unos grilletes.
A nuestra extraña pareja no le faltaron ofertas de trabajo, que rechazaron sistemáticamente al no tener las pesadas necesidades de alimentación y refugio de los seres vivos.
Los perros les envidiaban ya que entendían que tenían un poder sobre sus amos que ellos ni siquiera podían soñar. Así fueron pasando los meses y los años, entre el respeto de unos y la envidia de otros; hasta que el concejal de parques y jardines en connivencia con el de museos los recluyeron en un terrario del museo municipal. De nada sirvió la recogida de firmas para pedir su libertad.





sábado, diciembre 06, 2014

El Jardín del Edén







Escondido tras la maleza, el Minotauro espió los movimientos de aquel ser desconocido que, como él, se desplazaba sobre dos extremidades. Observó con admiración su fina piel y las delicadas proporciones que le conferían elegancia y gallardía. Se retiró sin hacer ruido y acudió a reunirse con Dios para relatarle su hallazgo. Se lo encontró arrodillado junto al cauce de un río, calentando con su aliento el agua y elevándola al cielo en forma de nubes. Al verle llegar se secó las manos y le preguntó por el motivo de su excitación.  El Minotauro habló y calló. Dios sonrió y se limitó a aclararle que esa criatura era su último proyecto para ocupar la joven Tierra. Le pidió que convocara a todos los animales para informarles del deber de respetar a su nueva creación. El Minotauro obedeció y, el día convenido, trasladó el deseo de Dios ante la nutrida audiencia. La gravedad y profundidad de su voz modelaron sus palabras en ley. A la mañana siguiente la lechuza vio a la serpiente arrastrarse en dirección a la reunión. Pero en Minotauro ya estaba muy lejos disparando flechas a las nubes para saciar su sed.