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martes, julio 28, 2015

Leer para contarlo - José Luis Melero







Antes de irme de vacaciones os acerco dos anécdotas divertidas que  he encontrado en el libro del bibliófilo aragonés José Luis Melero, Leer para contarlo:











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Uno de esos libreros de Barcelona con quien mantengo buena relación me contó un par de anécdotas que le habían sucedido a lo largo de su vida profesional, las dos muy representativas de lo que es el mundo del libro viejo. Una de ellas hacía referencia al poco tiempo que tardan las viudas de los bibliófilos en vender sus bibliotecas. En cierta ocasión una de estas viudas le llamó para venderle los libros de su marido. Le dio la dirección y resultó tratarse de una vieja casa del ensanche barcelonés sin ascensor. Llegó a la casa del librero y delante de él, por la estrecha escalera, subían dos empleados de una funeraria con un féretro vacío. ¿No irán estos...?, se preguntó mi amigo. Pues sí, efectivamente, sí iban. Se pararon delante del mismo piso que le habían dicho por teléfono a nuestro librero. Abrió la viuda la puerta, pasaron los de la funeraria con el féretro y detrás mi amigo el librero a comprar los libros. Aún estaba el difunto en la cama de cuerpo presente cuando sus libros iban a parar ya a manos del librero de viejo. 

La otra anécdota es muy ilustrativa del hecho de que hay que mirar bien todos los libros por malos que parezcan. Estaba este librero comprando los libros en un piso cuando vio una serie de tomos de El año cristiano que ningún librero quiere porque, como la mayoría de los libros religiosos, apenas tienen salida. Mi amigo dijo, señalándolos con la mano, que esos no iba a comprarlos y la dueña de la casa casi imploró para que se los llevara. "Deme lo que quiera"-le decía la propietaria, una buena mujer vestida toda de negro que lloraba todavía ante la ausencia de su virtuoso esposo- "pero lléveselos porque me recuerdan mucho a mi marido". "Siempre estaba leyéndolos", continuaba la mujer. Al final mi amigo se los llevó con la intención de darlos al trapero pero al llegar al almacén se le ocurrió abrirlos y lo que vio allí casi le cambió la vida. Nuestro lector de El año cristiano había abierto un cuadrado en el interior de cada uno de esos tomos y allí tenía escondidas centenares de novelas pornográficas de finales del siglo XIX y principios del XX, cromotipias y postales sicalípticas de las misma época, en fin, un material dificilísimo de encontrar y por el que mmi amigo obtuvo, vendiéndolo poco a poco a coleccionistas de este tipo de publicaciones, un auténtico dineral. Y la buena señora pensando que su marido era un cristiano ejemplar. 
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1 comentario:

Enrique Tarragó Freixes dijo...

Un par de relatos con peso en oro.
MB.