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sábado, julio 27, 2013

El reloj de cuco





El cuco se asomó a la buhardilla del reloj de madera y cantó dos veces. No le di más importancia ya que eran las dos de la tarde, tengo un reloj de cuco en mi biblioteca y me gusta la rutina.
Sin embargo, en el momento en el que volví a  posar la vista en la novela que tenía entre las manos, algo golpeó mi cabeza con tal fuerza que perdí el conocimiento. Desconozco el tiempo que permanecí en ese estado de stand by forzoso. Lo que no olvidaré nunca es lo que sucedió al recobrar la consciencia.
Sobre mi entrepierna, ahora liberada completamente de ropa, estaba el cuco observándome directamente a los ojos. Intenté retirarle instintivamente de un manotazo, cuando me apercibí de que tenía las muñecas y los tobillos atados con sendas cuerdas.
Cada pata se apoyaba sobre uno de mis testículos y sus uñas ejercían la fuerza de tres ganchos afilados representando una seria amenaza de desgarro.
Tras cerciorarse de que ya era consciente de mi comprometido estado, el cuco abrió el pico y sólo pronunció una orden breve pero clara.
- Ahora canta tú.
Inicié torpemente el "O Sole Mío" , pero al notar tres pinchazos en mi testículo izquierdo, entendí instantáneamente lo que quería decir el cuco al ordenarme cantar. Así que empecé a dar las horas tutelado por mi inesperado profesor de canto.
-Cucu cucu.
- Ahora las dos.
-Cucu cucu, cucu cucu.
-Muy mal, deja de gimotear y entona mejor -exclamó arañándome el escroto.
Fui consciente de que mi salud reproductora dependía de la rapidez con la que llegara a dominar esta compleja especialidad sonora; por lo que durante las dos siguientes horas me comporté como un alumno aplicado. Avancé rápidamente, tanto que creí percibir señales de aprobación en sus ojillos amarillos.
Cuando más animado estaba volví a ser golpeado sin contemplaciones desvaneciéndome nuevamente. Al despertar noté mis manos y pies libres de sus ataduras, el reloj de cuco convertido en una amasijo de escombros, la ventana abierta y ni rastro de mi profesor de canto.
Mi vida ha cambiado desde ese día. En la oficina mis compañeros no se acostumbran a que les anuncie la hora con mi singular estilo canoro; por no hablar de que mis citas amorosas fracasan invariablemente si duran más de una hora. Pero lo peor de todo es que echo de menos la excitante sensación de las garras del cuco sobre mis partes pudendas. Mi psiquiatra no me cree. Lo noto.



1 comentario:

Enrique Tarragó Freixes dijo...

Quizás no se lo hayas contado todo, mimarzgz. MB