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jueves, julio 05, 2012

UN DÍA EN EL DENTISTA




Llegué a la consulta del dentista. Como siempre que lo hago, me asaltó un insuperable deseo de orinar. Evacué. Me lavé las manos y volví a la sala de espera. Jugué a ver si encontraba alguna revista con más años que yo. No es difícil, en los diferentes consultorios médicos, encontrar lecturas con esa cualidad cronológica. Me llamaron y acudí. Mi cerebro barajó varias bromas para relajar el estresante momento. Pero las descarté todas. Unas por demasiado hirientes, otras por insulsas. Una vez tumbado en la camilla me sujeté con fuerza la hebilla del cinturón, como hago siempre que me veo en esa tesitura.
- Tranquilo, en dos minutos te habré retirado los puntos del implante que te pusimos y a casa.
 Antes de que el segundero que mi imaginación había recreado comenzara a moverse, ya tenía sus manos dentro de mi boca descosiendo. Noté un pinchazo en la muela y una extraña mueca de sorpresa en el rostro del dentista. Vi como tiraba del hilo y lo enrollaba en su mano izquierda mientras pedía auxilio a su ayudante. Ésta parecía asustada mientras recogía y enrollaba, recogía y enrollaba. El hilo no paraba de salir de mi boca y con él comenzó a soltárseme la parte inferior de la mandíbula en lo que imagino sería una mueca fantasmal. Tanto él como ella tiraban y acumulaban en grandes ovillos centenares de metros de sutura, mientras mi cuello perdía consistencia desparramándose sobre los hombros que ya habían perdido los brazos, ahora flexionados e inermes sobre el suelo. Al descoserse el tórax, una amalgama de vísceras abortaron la llamada que intentaba mi agobiado dentista para pedir una ambulancia, dando por terminada mi agonía. Todo acabó al llegar al ombligo donde por lo visto nace el hilo que nos cose a todos los hombres.