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domingo, agosto 14, 2016

El sueño de Tolstoi



Leon Tolstoi




En el ecuador de su vida, Tolstoi sufre una crisis existencial por la búsqueda infructuosa del sentido de la vida. Hombre esencialmente racional, indaga en la ciencia y en la filosofía de su tiempo sin éxito. La idea del suicidio sobrevuela su cabeza durante meses. Lo tiene todo: fortuna, fama y una familia a la que adora; pero nada le consuela. Su mente se revela contra su vida y le incita a ponerle fin. Tras este penoso camino, una mañana le surge un pensamiento que le hace replanteárselo todo. Si la razón es hija de la vida, ¿cómo es posible que dicha hija quiera acabar con su madre?

Tolstoi desvía la vista y decide tomar otro camino totalmente distinto. La trascendencia y la religión aparecen frente a él. Este nuevo periplo le lleva a la religión "oficial" en la que solo encuentra hipocresía y falsedad. Otra crisis le acecha de nuevo hasta que se acerca a las clases bajas, donde observa que la gente iletrada y pobre de la Rusia de su tiempo parece vivir feliz pese a sus enormes privaciones.

Todo este viaje, lo plasmará años más tarde en su libro, Confesión, del que os transcribo el sueño que aparece al final del mismo y que expresa de forma condensada todo lo anterior:



"Veo que estoy tumbado en una cama. No me siento ni bien ni mal, estoy echado boca arriba. Pero comienzo a preguntarme si estoy bien echado; me parece que mis piernas no están cómodas: no sé si la cama es demasiado corta, o tal vez desigual, pero no estoy bien; muevo ligeramente las piernas y al mismo tiempo comienzo a preguntarme cómo y sobre qué estoy tumbado, lo cual no se me había ocurrido hasta el momento. Al examinar mi cama, veo que estoy tumbado sobre un correaje de cuerdas trenzadas, fijadas a los bordes de mi cama. Tengo las plantas de los pies en una de las correas, las pantorrillas en otra, y siento que mis piernas no están cómodas. Por alguna razón sé que las correas se pueden mover. Y con un movimiento de piernas empujo la última. Me parece que así estaré más cómodo. Pero la empujo demasiado lejos, quiero atraerla con los pies, pero ese movimiento hace que se deslicen las otras correas bajo mis piernas, y mis piernas quedan colgando. Hago un movimiento con todo el cuerpo para corregir mi postura, totalmente convencido de que ahora lo lograré; pero con ese movimiento se deslizan y se mueven debajo de mí otras correas, y veo que la cosa va de mal en peor: toda la parte inferior de mi cuerpo desciende y queda colgando sin que los pies lleguen hasta el suelo. Me sostengo solo por la espalda, algo que añade a mi sensación de malestar otra de horror, sabe Dios por qué. Entonces me pregunto lo que antes ni siquiera se me había ocurrido: ¿Dónde estoy, y sobre donde estoy acostado? Me pongo a mirar a mi alrededor y en primer lugar miro hacia abajo, donde cuelga mi cuerpo, allí donde siento que no tardaré en caer. Miro abajo y no doy crédito a lo que ven mis ojos. No es que me encuentre a una altura parecida a la de una elevada torre o a la de una montaña, sino que estoy a una altura que nunca pude imaginar.
Ni siquiera puedo estar seguro de distinguir alguna cosa ahí abajo, en ese precipicio sin fondo por encima del cual estoy suspendido y que me atrae. Se me encoge el corazón, el terror se apodera de mí. Es horrible mirar allí abajo. Si lo hago, siento que resbalaré de las últimas correas y moriré. No miro, pero hacerlo es incluso peor, porque qué será de mí ahora, cuando me escurra de las últimas correas. Y siento que el miedo me hace perder mi último apoyo, que me deslizo lentamente por la espalda, más abajo, siempre más abajo. Dentro de un instante, me estrellaré. Y entonces se me ocurre una idea: no puede ser cierto. Es un sueño. Despiértate. Intento despertarme y no puedo. "¿Qué hacer, qué hacer?",me pregunto mirando hacia arriba. Allí arriba hay otro abismo. Contemplo ese abismo celestial y me esfuerzo por olvidar aquel otro abismo a mis pies y, en efecto, lo olvido. El infinito de abajo me repele y me horroriza; el infinito de arriba me atrae y me tranquiliza. Estoy suspendido por encima del abismo, sobre las últimas correas que todavía no se han deslizado; sé que estoy suspendido en el aire, pero miro hacia arriba y se disipa mi miedo. Como suela pasar en los sueños, una voz me dice: "fíjate bien, ahí está". Sigo mirando el infinito en lo alto llevando mi mirada más lejos, y siento que me sosiego. Me acuerdo de todo lo que ha ocurrido, y cómo ha pasado todo: cómo moví las piernas, cómo quedé suspendido, cómo tuve miedo y me liberé de ese miedo después de mirar hacia arriba. Y me pregunto: "Bueno, ¿todavía estoy aquí colgado?" No es que dé la vuelta, pero siento con todo el cuerpo ese punto de apoyo sobre el cual me sostengo. Y noto que ya no estoy colgado, y que no me caigo, sino que me sostengo firmemente. Me pregunto cómo me sostengo, palpo mi cama, me vuelvo y veo que debajo de mí, justamente en medio de mi cuerpo, hay una correa, y que, al mirar arriba, quedo en un equilibrio perfecto sobre ella, y que solo ella me sostiene. Y, como suele pasar en los sueños, el mecanismo gracias al cual me sostengo se me presenta con suma naturalidad, comprensible e indudable, a pesar de que para un hombre despierto este mecanismo no tiene ningún sentido. Incluso dormido me sorprendo de no haberlo comprendido antes.
Sobre mi cabeza hay una columna cuya solidez no deja lugar a dudas. aunque esa columna no reposa sobre nada. Una cuerda cuelga de manera muy ingeniosa, aunque muy sencilla, desde la columna, y si la mitad del cuerpo descansa sobre esta cuerda, no es posible caer. Todo se volvió claro para mí, y yo estaba contento y en paz. Entonces fue como si alguien me dijera:"Atención, acuérdate". Y me desperté.



2 comentarios:

MuCha dijo...

Bello texto te felicito

Enrique Tarragó Freixes dijo...

Magnífico, mimarzgz ... me ha encantado