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viernes, mayo 29, 2015

El frasco




Hace muchos años viajé a un país gobernado por un rey caprichoso. La capital del reino albergaba un museo en el que se exponían multitud de extravagancias y decidí visitarlo. Tras varias horas recorriendo las salas llegué a una fuertemente custodiada por dos guardias. Entré y reparé inmediatamente en un frasco de vidrio que guardaba la cabeza de una mujer sumergida en formol. Su nariz mostraba unos extraños pliegues que llamaron mi atención. Tuve que acercarme para poder averiguar qué representaban esas costuras naturales. Descubrí, no sin cierto asco, contenida en el vértice de su nariz, la cabeza de la misma mujer, aunque a escala más pequeña. Y revisando el apéndice nasal de esa pequeña cabeza, encontré de nuevo la cabeza (aún más diminuta esta vez). Y así hasta el infinito. Un infinito infinitamente pequeño, se entiende. Comprendí que un átomo puede tener nariz y que ese frasco contenía tantas narices como átomos componen el universo.





2 comentarios:

Enrique Tarragó Freixes dijo...

Una reflexión muy profunda. La metafísica es mi debilidad.
Feliz miércoles, mimarzgz

mimarzgz dijo...

A veces me viene a la imaginación la imagen de la abeja que cree que todo el universo se reduce a su colmena y a los doscientos metros de radio que lleva recorriendo desde que nació. Y creo que los humanos somos un poco esa abeja.