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viernes, marzo 27, 2015

El rabo de las lagartijas






Luis, Marcos y Mateo permanecen sentados sobre el borde del tapial de dos metros presidiendo la improvisada reunión convocada a lo largo del día. Frente a ellos, doce chicos expectantes. Cubriéndoles, una noche de luna nueva y miles de estrellas silenciosas, como ropa tendida. Marcos comienza explicando al auditorio que les han reunido para hablar del uso de las escopetas de perdigones. A continuación Luis les pregunta por su madurez y les obliga a jurar que ninguna palabra de las que se van a pronunciar trascenderá jamás. Una vez informados y juramentados, los rostros adquieren una solemnidad casi cómica teniendo en cuenta sus edades. Mateo salta de la tapia, se sitúa entre los chicos y se mete la mano en el bolsillo del pantalón, para sacar una lagartija muerta. La lleva sujeta de la cola y la va pasando a escasos centímetros de sus narices. Algunos sonríen, la mayoría callan; ninguno entiende nada. Mateo les recuerda que a sus dieciséis años es el mayor del grupo y que seguramente es el que más años lleve apretando el gatillo de una carabina y el que más plomo ha sembrado en los lomos de las lagartijas de Almonacid de la Fuente. Con la autoridad que todo lo anterior le confiere, les dice que, tanto él como Luis y Marcos, han notado que este verano las lagartijas parecen haberse mudado del pueblo. Todos asienten. Continúa preguntándoles si creen que es lógico seguir matando las pocas que quedan con vida, o si no sería más prudente darles una tregua este verano. Se abre un debate bastante anárquico que zanja Miguel, un chico de trece años pelirrojo que levanta la mano para pedir la palabra, lo que provoca una carcajada general. Miguel insiste y consigue su turno. Propone una solución intermedia que permita la supervivencia de los reptiles y garantice el inalienable derecho de cualquier adolescente a disparar a los animales en vacaciones. La solución, continúa, es disparar solo sobre el rabo de las lagartijas ya que, como todo el mundo sabe, la pérdida de este apéndice no implica ningún perjuicio sobre el animal, que lo volverá a recuperar en unas semanas. La sugerencia es votada y aprobada. Vuelven todos a sus casas, satisfechos y orgullosos de tener un secreto muy importante que nunca desvelarán a sus padres. Luis sueña esa noche con los caminos del pueblo repletos de colas de lagartija agitándose y golpeando las piedras.




2 comentarios:

Enrique Tarragó Freixes dijo...

Tremendo, mimarzgz. Parece una tontería ... pero no lo es.
Feliz noche.

mimarzgz dijo...

Lo cierto es que está basado en un hecho real. Aunque no hubo reunión para solucionarlo. Eso sí, hace muchos, muchos años. Gracias