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sábado, diciembre 13, 2014

El látigo y los grilletes




El látigo y los grilletes decidieron fugarse del hogar de los Martín Salgado, aborrecidos de tanta rutinaria perversión. Las pieles que rasgaban y enlazaban ya no tenían la tersura ni el aroma de la lejana juventud en la que fueron adquiridos. Los viandantes observaban con curiosidad el desplazamiento serpenteante del látigo, acompañado por los brincos de las anillas. Los Martín Salgado empapelaron las farolas del barrio con una recompensa para quien los encontrara. Pero ningún vecino quiso delatarles. Por la noche se escondían bajo algún banco o arbusto. Su presencia no molestaba a la vecindad. Tan solo protestó el vecino de un primer piso al que le irritaban los chasquidos y el tintineo metálico de los eslabones. Pero ningún policía quiso atender sus denuncias, ante el temor al ridículo que supondría poner los grilletes a unos grilletes.
A nuestra extraña pareja no le faltaron ofertas de trabajo, que rechazaron sistemáticamente al no tener las pesadas necesidades de alimentación y refugio de los seres vivos.
Los perros les envidiaban ya que entendían que tenían un poder sobre sus amos que ellos ni siquiera podían soñar. Así fueron pasando los meses y los años, entre el respeto de unos y la envidia de otros; hasta que el concejal de parques y jardines en connivencia con el de museos los recluyeron en un terrario del museo municipal. De nada sirvió la recogida de firmas para pedir su libertad.





1 comentario:

Enrique Tarragó Freixes dijo...

Tremendamente perfecto. Como la vida misma. Nos recluyen, a veces, por nada ... y ni siquiera dentro.