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miércoles, octubre 23, 2013

Las visitas




Vi dos gatos asomados a mi ventana. Uno era negro y el otro blanco. Me fijé en ese detalle cromático, sin reparar en que vivo en un quinto piso sin terraza, alféizar ni ningún otro medio de acceso exceptuando a las criaturas aladas. Me miraron y saltaron a la habitación. Sentí miedo y me acurruqué junto a la mesilla de noche. Ellos paseaban majestuosos y recorrían con su mirada de suficiencia las paredes y el techo. Maniobraban sincronizados con una suerte de comunicación telepática que les eximía de producir sonidos. Les ofrecí mi tortuga como ofrenda, pero la rechazaron con desdén. Estaban limpios aunque tampoco desprendían ningún olor agradable. Subían a los armarios y miraban detrás de las cortinas, bajo el sofá, tras la nevera. Parecían buscar algo. Deposité un plato hondo con leche en el pasillo y me arrimé a la pared. Al pasar junto a él, el gato negro aproximó el hocico y lo retiró con una mueca de asco. El gato blanco se le acercó y pareció consolarle. Me sentí culpable. Yo solo quise ser hospitalario, pero vivo solo y no tengo costumbre de recibir visitas. Eligieron el cuarto de la plancha, acumularon unos cojines y dos almohadones y se acostaron sobre ellos, no sin antes entornar la puerta con sus cuartos traseros.

2 comentarios:

Enrique Tarragó Freixes dijo...

Curioso, mimarzgz, esta mañana un viejo amigo me ha contado que dos de sus hijos, de 39 y 41 años, han hecho lo de tus gatos en su casa y, lo que es peor, cree que no piensan irse ¿Y tus gatos, se irán?

mimarzgz dijo...

Estos dos gatos buscan algo. Creo que todavía no lo han encontrado. Llevan más de un día durmiendo, pero temo su despertar. Un abrazo