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jueves, febrero 08, 2018

Sobre el ocio, Séneca







Solemos decir que el bien supremo consiste en vivir conforme a la naturaleza. Y la naturaleza nos creó para dos fines, la contemplación de las cosas y la acción. Ahora probemos la que hemos nombrado en primer lugar. ¿Qué se puede decir? ¿Es que no quedaría probado, si cada cual se consultara a sí mismo, qué grande es su deseo de conocer cosas ignoradas y cómo cualquier relato  suscita su entusiasmo? Hay quien navega y soporta las penas de una dilatadísima ruta por la única compensación de conocer algo oculto y remoto. Eso es lo que atrae al público a los espectáculos, eso es lo que lleva a explorar aquello que está vedado, a investigar lo más secreto, a leer los hechos antiguos y a enterarse de las costumbres de los pueblos bárbaros.

La naturaleza nos dio un ánimo curioso y, consciente de su arte y su belleza, nos hizo espectadores de la exhibición de tantas cosas; porque estaría destinada a perder su fruto si bellezas tan grandes, tan manifiestas, tan sutilmente elaboradas, tan nítidas y variadas, las mostrarse a la soledad. Para que sepas que quiso ser contemplada y no sólo mirada, fíjate qué lugar nos asignó: nos situó en el centro de sí misma y nos concedió la posibilidad de verlo todo en derredor; no sólo hizo al hombre erguido, sino que también con la intención de hacerlo apto para la contemplación, y para que pudiera seguir a los astros en su deslizamiento desde el orto hasta el ocaso y lanzar su mirada a toda la redonda, le hizo una cabeza en lo más alto y la colocó sobre un cuello flexible; después, haciendo discurrir seis constelaciones a lo largo del día y otras seis a lo largo de la noche, no dejó ninguna parte suya sin exponer para que, mediante eso que le ponía ante sus ojos, tuviera deseos de conocer todo lo demás.
Porque no vemos todas las cosas, ni tan grandes como son, sino que nuestra vista se abre una vía para investigar y pone los fundamentos para la verdad, de manera que la investigación vaya de lo evidente a lo oscuro y encuentre algo más antiguo que el propio mundo: de dónde salieron los astros; cuál fue la situación del universo antes de que los elementos se separasen para formar sus partes; qué razón dividió las cosas sumidas y confusas; quién asignó su lugar a las cosas, si las más pesadas  descendieron por su naturaleza y las más ligeras se elevaron, o si aparte de la presión y el peso de los cuerpos alguna otra fuerza más alta impuso su ley a los elementos; si es verdad eso que constituye la máxima prueba de que los hombres son del espíritu divino: que una parte, como si fueran chispas desprendidas de los astros, cayó a tierra y se fijó el lugar extraño para ella.
Nuestro pensamiento atraviesa las barreras del cielo, no se contenta con saber lo que se muestra, y se dice: ” investigo lo que hay más allá del universo, si se trata de una magnitud sin fondo o se encuentra encerrada en sus propios límites; qué conformación física tienen los elementos que están fuera de él, si son informes y confusos, si tienen en todas sus partes igual solidez o si están sometidos a algún ordenamiento; si están vinculados al universo o separados a mucha distancia de él, de modo que éste da vueltas en el vacío; si son átomos a partir de los cuales se estructura todo lo que ha nacido y existirá o su materia es continua y mutable en su totalidad; si los elementos son contrarios entre sí o no luchan, sino que se armonizan de diversos modos”.
Habiendo nacido para indagar esas cosas, piensa qué poco tiempo ha recibido el hombre a pesar de que lo aproveche por entero para sí mismo. Aunque no deje que nada se escape con facilidad ni se le pierda por descuido, aunque custodie toda sus horas con la mayor avaricia y alcance el último término de la edad humana, y aunque la fortuna no trastorne nada de lo que la naturaleza  estableció, el hombre es demasiado mortal para conocerlo inmortal.

Por lo tanto, vivo conforme a la naturaleza si me dedico por completo a ella y si soy su admirador y adorador. De hecho, la naturaleza quiso que yo hiciera las dos cosas, actuar y dedicar tiempo libre a la contemplación. Y hago las dos cosas, porque no hay contemplación sin acción.

Capitulo V, Sobre el ocio, de Lucio Anneo Séneca




2 comentarios:

Enrique Tarragó Freixes dijo...

Bien traído hasta aquí, gracias mimarzgz.
Siempre con ... "De hecho, la naturaleza quiso que yo hiciera las dos cosas, actuar y dedicar tiempo libre a la contemplación."
Feliz viernes

Mara dijo...


Llego aquí desde el blog de Enrique y me he quedado. "el hombre es demasiado mortal para conocerlo inmortal.Por lo tanto, vivo conforme a la naturaleza si me dedico por completo a ella y si soy su admirador y adorador"
Sabias palabras con las que estoy muy de acuerdo. Te felicito por tu blog. Saludos.