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jueves, agosto 15, 2013

Diez infructuosos minutos.



Javier decidió sentarse frente al ordenador. Hacía días que no se le ocurría ninguna historia que contar. 

Javier sabe que él no manda sobre sus relatos, ya que son ellos los que llaman a su puerta, o le susurran a los oídos, o se pasean frente a sus ojos.  Esto es algo que le martiriza, pues le obliga a estar atento a las señales que recibe y le esclaviza a ellas. Más de una vez  se ha visto en un semáforo a punto de cruzar la calle, sacando el móvil y escribiendo unas pocas palabras que le recordaran que esa noche en la paz de su habitación, debía convertir ese fogonazo en  un cuento.
A Javier le gusta tratar a las palabras como un alfarero cuando moldea la arcilla. Emplea todos los dedos de las manos, se inclina sobre la masa para escucharla, para sentirla en sus volúmenes y notar sus densidades, mientras hace girar el torno para darle a su creación la velocidad justa dependiendo de la complejidad de la pieza. Javier nunca se levanta del ordenador sin haber terminado el cuento. Una vez concluido no le gusta retocar, ni añadir ni quitar nada, ya que se fía de su intuición al pensar que él es un mero transmisor, un simple intérprete.
Cuando se trata de escribir un poema, la dinámica es radicalmente distinta. Se tumba en la cama con el cuaderno de espiral y el lapicero y escribe, tacha, mueve las palabras, cambia el orden de los versos; a veces la hoja parece el mapa de un tesoro. En este trance suele necesitar la compañía de la música. Ésta le inspira y acaba influyendo en la sonoridad final de sus poemas. Los versos de Javier suelen contar historias. A Javier no le gusta describir el aroma de una flor o el color de un crepúsculo; para esto recomienda acudir a un invernadero o asomarse a la ventana. Le interesa más lo que no se ve.

Tras diez minutos de infructuosos intentos, en los que la pantalla seguía incólume, Javier optó por apagar el ordenador.

1 comentario:

Enrique Tarragó Freixes dijo...

Si, muchas veces es así, mimarzgz.
Feliz día.