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sábado, septiembre 09, 2023

La vieja aldea

 La vieja aldea languidecía abandonada a su suerte bajo el peso de la rendición.

Cada vez eran menos las ventanas que permanecían iluminadas tras oscurecerse el horizonte.

Los perros engordaban aburridos en la plaza del ayuntamiento al no haber niños a los que ladrar ni de los que huir.

Hasta las criaturas invisibles se mudaron tiempo atrás: los fantasmas, hartos de no distinguirse de los vivos; los ángeles de la guarda, tras pedirle dispensa a Dios, sabedores de que ya era un lugar yermo de pecados y errores.

El aroma que transportaba la ligera brisa nocturna carecía de matices acuerados y ahumados: se percibía más transparente, casi desértico.

Todos se dormían en la vieja aldea conjurando un sueño piadoso, esperando que el próximo amanecer contara también con ellos.

Cientos de guijarros, ajenos a cualquier fugacidad humana, agradecían la milenaria caricia del agua del riachuelo sobre sus lomos redondeados.


domingo, junio 20, 2021

Cuidado con los cordones de las cortinas

 


Nuestra primera visita a la pediatra de mi hija fue provechosa y repleta de consejos fundados en su dilatada experiencia. 

Nos alertó, entre otras cosas, del peligro de los enchufes y los cables sueltos, recomendándonos que gateáramos por el pasillo y las habitaciones para localizarlos y quitarlos de su alcance.

Pero lo que más me estremeció fue el aviso sobre los cordones de las cortinas y el riesgo de ahorcamiento que suponían para los recién llegados. Hace muchos años de esta conversación pero aún recuerdo su mirada al explicárnoslo.

Recuerdo, así mismo,  como me volví hacia mi mujer para decirle que lo primero que haríamos al llegar a casa sería recorrerla a gatas,  recoger todos los cordones y poner a la venta el patíbulo que teníamos en la salita de las visitas.


sábado, diciembre 12, 2020

El picor

Descubro súbitamente que un cruel efecto de la enfermedad que aqueja a mi hombro derecho y que le ha ocasionado la pérdida de movilidad es cuando, en medio de la calle, me surge un inoportuno picor en el omoplato izquierdo.  

Al ser anatómicamente imposible acceder a dicho punto, comienzo a maquinar y llego a la conclusión de que la única manera de aliviarme es restregar la espalda contra la pared o algo similar.

Pero la avenida por la que paseo está surcada por multitud de transeúntes. Me planteo, entonces, salir de la misma para adentrarme en alguna callejuela secundaria libre de miradas curiosas. Así lo hago.

Tan solo necesito que termine de pasar una pareja. Ya tengo echada la vista a una farola que pareciera plantada ahí mismo para servirme en tan azarosa situación. Tras varios intentos, descubro, apesadumbrado, que el abrigo amortigua el roce, convirtiendo mi extraño contoneo de apareamiento en algo inútil. Por lo menos la calle sigue vacía. 

Me acerco a un árbol de tronco rugoso que está unos pasos adelante. Me sitúo de espaldas a él y comienzo a frotarme como si fuera un oso pardo marcando territorio con sus feromonas. Con el picor levemente calmado, la honra salvada y el abrigo magullado continúo la marcha en esta luminosa y fresca mañana de diciembre,

domingo, mayo 20, 2018

El camino era el plan






Subiendo las escaleras de la perfección llegó al rellano de la soledad.




domingo, diciembre 31, 2017

Disgregación vs dispersión






Mucho antes de que el cuerpo de Cristóbal se disgregara por completo bajo la tierra que lo recibió ya sin vida, los miles de libros que integraban su gran biblioteca de concienzudo bibliófilo ( o quizás sería más acertado el término de bibliómano), ya se encontraban dispersos en rastros, librerías de viejo y nuevas bibliotecas de acogida.



martes, mayo 02, 2017

La liturgia de la electrocución







Thomas era un enamorado de la ciencia que vivió en un pequeño pueblo de un gran estado americano en los años en los que la energía eléctrica  comenzó a extenderse por el país como una inmensa mancha de aceite.
Tuvo siete hijos con Margaret a quien conoció sirviendo unos muebles en casa de sus padres, el reverendo y la señora Smith.
Sin ninguna formación superior, Thomas se consideraba un autodidacta por amor a cualquier artilugio  moderno y tenía un pequeño cuarto repleto de esos cachivaches en el sótano de su casa.
Según iban cumpliendo el primer año de vida sometía a sus hijos al "bautizo de la ciencia" como lo llamaba él y que consistía en vigorizarlos sometiéndoles al embate de la corriente eléctrica. Se trataba  de "bautizos" diferentes, lógicamente sin invitados, ni regalos, ni opíparas viandas: solo la silla de madera, las correas, los hierros anillados a los dedos de ambas manos, el interruptor con forma de estribo, la falta de aliento, las convulsiones y el abrazo final. La liturgia de la electrocución se repetiría una vez al mes hasta que alcanzaran la mayoría de edad.
De los siete hijos únicamente le sobrevivieron hasta esa onomástica tres vástagos. A Thomas se le podía ver por el pueblo presumiendo de hijos. "Ni un catarro me han cogido, ni una enfermedad en toda su vida gracias a los milagros de la ciencia".





viernes, diciembre 02, 2016

Las estrellas fugaces




En un principio los dioses nos crearon sin enfermedades.
Para que no alcanzáramos la inmortalidad como ellos, se limitaron a dejar caer las estrellas sobre la tierra con la misma cadencia que nosotros vertemos una pizca de sal sobre un guiso. De todos es sabido que aunque las estrellas parezcan minúsculos puntos de luz en el cielo nocturno, en realidad cuando llegan a la tierra han aumentado su tamaño alcanzando cerca del metro de diámetro. De este modo los primeros humanos no sufrían largas agonías al abandonar esta vida, pero su incertidumbre era tal que pronto nos convertimos en una especie lánguida y terriblemente aburrida. Ante tal escenario Atenea suplicó a Zeus que sujetara las estrellas a la bóveda nocturna. Zeus accedió a sus deseos y las fue fijando ayudado por Vulcano. Debatieron profusamente sobre cómo mantener nuestra mortalidad e inventaron la enfermedad, que básicamente consistiría en traspasarnos la inconsistencia que previamente caracterizaba a las estrellas.
Para recordarnos esos tiempos remotos, los dioses lanzan algunas estrellas en los meses más cálidos del año para facilitarnos su contemplación.



domingo, agosto 28, 2016

Dentro del cabello de una mujer joven...

Pulowi, la diosa  de la muerte de la mitología Wayuú. por Carlos de Moya.








Encontré a la Muerte dentro de un cabello de mujer joven.
Al enfocarlo con el microscopio me mostró a la Muerte dormitando plácidamente en la médula, cerca del bulbo. El hallazgo fue inquietante.
Me sorprendí al constatar el ridículo tamaño de la Gran Dama.
Por no hablar de su estado inactivo. Siempre se ha dicho que la muerte nunca duerme.
Me pregunté en qué estaría soñando. En qué sueña la muerte.
Por otra parte me indignó que cumpliera con su deber con tan poca profesionalidad.
Quizás tenga franquicias repartidas por todo el mundo, pensé.
No obstante decidí despertarla moviendo las pinzas de la platina. La muerte abrió los ojos sobresaltada y, tras mirar mi pupila agigantada por el tubo del objetivo, corrió al bulbo abierto y se esfumó.


martes, marzo 08, 2016

Mi tatarabuelo Timoteo





     Recuerdo, como si se tratase de un sueño, la primera y última vez que visité a mi tatarabuelo Timoteo. Yo era un niño de nueve años y él cumplía los ciento veinticinco. Con ocasión de esa efeméride nos reunimos gran parte de la familia en el pueblo donde había transcurrido toda su vida. Enviudó a una edad lógica y desde entonces lo cuidaba una sobrina-nieta, ya que no le vivía ningún hijo y los nietos y bisnietos salieron del pueblo cuando aún creían en las promesas de la ciudad que llegaban con los muleros, traperos y otras visitas.
    En el camino mi padre me contó que Timoteo había nacido en la casa en la que iba a morir. Que no conocía la televisión, ni ningún otro electrodoméstico. Que ni siquiera se puso la luz cuando ésta llegó al pueblo. Nos contó -yo entonces no le entendí- que cuando murió su mujer la dejó marchar con resignación; como si se apeara de un tren al llegar a su estación, mientras él aún debía seguir el viaje a un lejano y desconocido destino.
     La casa era de abobe y la levantó junto a sus padres tutelados por el albañil del pueblo aprovechando la estructura de un corral abandonado. Toda la familia, salvo mis primos Jaime y Raúl que corrían por el dormitorio del segundo piso, estaba en la cocina rodeando al homenajeado. Yo iba escrutando las paredes, el suelo, el espejo, y el resto de los muebles con la avidez de un antropólogo. Cuando llegué al dormitorio me sorprendió el tipo de cama que presidía la habitación, fabricada con una madera oscura sin ningún adorno y de una altura increíble. Se me fue la vista al viejo crucifijo al que se aferraba una araña patilarga y culicorta con el ansia de una beata. En ese momento, Jaime tropezó con una pata de la cama desgajándola. Pasado el susto, nos dimos cuenta de que la cama mantenía la horizontalidad pese a la pérdida de uno de sus cuatro soportes. Mis primos decidieron forzar la situación y arrancaron la otra pata delantera, pero la cama siguió manteniendo la misma horizontalidad. Colaboré hasta dejar la cama sin sus cuatro patas, a pesar de lo cual ésta quedó levitando sobre el suelo embaldosado. Desguazamos los dos arcos sobre los que se sostenía la vieja mecedora, sin conseguir que cesara su balanceo pendular. Arrancamos el clavo que sostenía el crucifijo, pero éste no cayó. Abrimos, no sin esfuerzo, el ventanuco oxidado, pero no entraron ni el aire, ni la luz del exterior. Un miedo desconocido se apoderó de los tres y nos impulsó fuera de la habitación  en dirección a la cocina en busca de la protección paterna. 
     Sorprendentemente nadie nos regañó nunca por las tropelías perpetradas en aquel dormitorio centenario. Prometimos llevarnos el secreto a la tumba, por lo que ruego a quien lea este relato que lo olvide al llegar al punto final que verá a continuación.

viernes, febrero 12, 2016

Desnudarse del todo






Isabel llegó a casa después de un día de duro trabajo. Estaba fatigada y le pesaban los ojos. Al entrar en su apartamento colgó el abrigo en la percha del recibidor. Continuó hasta el dormitorio donde se quitó la blusa y los pantalones pitillo que había estrenado precisamente esa mañana. Se recostó en la cama vestida únicamente con las bragas. Sonrió al ver que de su mano colgaba el sujetador y lo dejó caer al suelo. Su piel fue apoderándose de la colcha, pero no conseguía calmarse. Sentía un molesto zumbido como el de su coche cuando lo aparcaba en un tórrido día de verano y el ventilador seguía trabajando debajo del capó pese a estar el motor apagado. Se puso de lado, boca arriba, boca abajo, del otro lado. Nada.
Se dio una ducha para refrescarse y se colocó frente al espejo. Como aún notaba cierta ansiedad y ya no tenía ninguna prenda de la que deshacerse, decidió prescindir de los complejos. Se los fue arrancando de la piel uno a uno y dejando las tiras sobre el lavabo. Al cabo de un rato recogió el montón y lo tiró por el water.  Luego pensó que sería una buena idea acabar con sus adicciones. Las encontró tras las orejas y en las ingles. Esta vez empleó una toallita húmeda para retirarlas. Eliminar los miedos fue el siguiente objetivo, pero por más que los buscaba no los hallaba. Notaba sus efectos opresivos sobre el tórax, pero no los veía. Al final, palpándose un pecho notó un anillo muy fino que rodeaba sus mamas y lo retiró con sumo cuidado. En pleno frenesí, pensó en deshacerse de sus deseos. Para ello usó un algodón desmaquillante y lo fue untando en el espacio entre los labios y los dientes. Siguió con las ideas, los proyectos y los recuerdos, estos últimos enredados entre su hermosa melena rubia.
Volvió al dormitorio, abrió la ventana  y se acostó. El aire le acercó el trino de los pájaros y el rumor de hojas y ramas. Esa noche no cenó. Durmió profundamente como el bebé que fue y al que ya había olvidado.

domingo, febrero 07, 2016

La tableta de chocolate





Cuando el niño alcanzó finalmente la tableta de chocolate que su madre había escondido en la parte superior del armario de la cocina, esbozó una sonrisa victoriosa y se encerró en su habitación.
Cuando la madre vio los restos del envoltorio repartidos por la mesa y el suelo y la banqueta fuera de su lugar, esbozó una sonrisa bondadosa mientras decidía cuantos minutos le dejaría a solas con su sabroso trofeo antes de intervenírselo.
Cuando la niña escuchó las quejas de su hermano y lo vio refunfuñar con la boca pringada de chocolate, esbozó una sonrisa y lo llevó ante un espejo para que comprobase el aspecto tan ridículo que tenía.

sábado, octubre 31, 2015

domingo, octubre 25, 2015

Llenar el Vacío





El día del nacimiento de Tomás el alma abandonó su cuerpo dejando un vacío. Durante los primeros años fue su familia la encargada de llenarlo de amor. De esa forma el vacío se impregnó de su olor y, con el transcurso de los años, Tomás aprendió cuál es la sustancia adecuada para saciarlo, para aplacar su apetito.

El día del nacimiento de Clara el alma abandonó su cuerpo dejando un vacío. Una infancia en una familia tiranizada por el alcohol y los malos tratos dejaron vacío el vacío, que perdió la permeabilidad
de sus paredes.

Pasada la edad del desconcierto un joven conoció a una chica de ojos tristes y bellos y algo desde dentro le reclamó su alimento. El joven abrió sus entrañas y las expuso con la entrega del que se ofrece en sacrificio. La chica de los ojos tristes le recibió con una sonrisa.
Tras un año de juegos, sexo y promesas se fueron a vivir juntos y tuvieron una hija.

El día del nacimiento de Lucía el alma abandonó su cuerpo dejando un vacío. En su tercer cumpleaños Lucía perdió a su padre que decidió reclamar el alma que le abandonó al nacer. Esa mañana, mientras se afeitaba, Tomás descubrió un rostro sin carne, unos ojos tristes. Esa noche Clara se arañó el pecho y lo inundó de alcohol.


miércoles, septiembre 16, 2015

Un nacimiento anormal






Yo no tuve la suerte de tener un nacimiento normal como vosotros.
La mañana del parto mi madre permanecía sobre la estrecha cama del hospital acompañada por una matrona. Recibía sus consejos con la respiración inquieta. En breves momentos la pasarían al paritorio donde ya le esperaban el doctor y dos enfermeras más. Mi padre llegó en ese momento.  Cuando entró en la sala, mi madre tenía las pantorrillas sobre dos soportes elevados, la mirada crispada y la cabeza pincelada de un sudor agrio.
¡Empuja, empuja!- le animaban todos los presentes.
El tocólogo procedió a extraerme. Se inclinó hacia el vértice formado por las piernas de mi madre con ambas manos orientadas hacia la entrada del túnel, e inesperadamente retrocedió dos pasos y miró a la matrona con incredulidad. Le cogió del brazo y le obligó a acercar la mirada al túnel. La expresión de la matrona intranquilizó aún más a los presentes. Se hizo un tenso silencio en la sala que solo se rompió por la expulsión forzosa de mi padre.
En cuatro minutos, un huevo blanco del tamaño del de una avestruz dominaba la sala sobre un soporte improvisado. Las dos enfermeras, la matrona y el doctor lo rodeaban escrutándolo como si se tratara de un OVNI. Mi madre se desmayó impresionada por tan inesperado parto. Lógicamente no existen protocolos para afrontar la situación ante la que se encontraban los sanitarios. El doctor decidió aplicar una luz sobre la cáscara para vislumbrar el interior. Me vio encogido en un estado de desarrollo propio de un sietemesino, tras lo que exhaló un suspiro de alivio. Con no poca resistencia por su parte, consiguieron convencer a la matrona para que dedicara las dos próximas semanas a incubarme. Tras hablar con la dirección del hospital, reunida de urgencia, le habilitaron una salita contigua a la de las incubadoras. Recortaron un colchón para darle una forma redondeada y lo colocaron sobre el suelo. Sobre el colchón instalaron una silla a la que habían retirado previamente el asiento. Y, finalmente, apoyaron el huevo entre las patas de la silla. Ante el disimulado cachondeo de los presentes, la matrona se quitó las bragas y posó sus generosas nalgas en la silla, hasta cubrirme la parte superior de la cáscara. Recuerdo el placer que me produjo la nueva situación, en la que la naturaleza volvía a aportarme el calor imprescindible para completar mi desarrollo. Las autoridades sanitarias prohibieron taxativamente que trascendiera cualquier noticia a los medios de comunicación, así que todo el proceso transcurrió en la más absoluta oscuridad.
A mis cuarenta años ya no queda ningún rastro de aquellos azarosos días. Solo guardo una mitad de la cáscara en la que atesoro las bragas y la bata de la matrona; mi madrina.



domingo, agosto 30, 2015

Un plan para el fin de semana







Reunir a todos los niños del mundo junto a una fosa. La fosa en la que los europeos enterramos el Alma, y sobre la que llevamos tres siglos arrojando razón y ciencia. Conseguir que todos callen y escuchen el susurro limpio que surge del fondo: una voz nueva y eterna, atrapada y libre. Ver sus caras iluminadas. Algunos se han dormido y sueñan. Otros cavan la tierra con sus manos. Sudor y afán. Pasarán las horas y caerá la noche definitiva sobre sus cuerpos ocupados.







sábado, junio 06, 2015

Parentescos






En Darlemdia los abuelos pasean de la mano de sus nietos. Éstos les cuentan la vida que van a tener: Las guerras en las que pelearán, las mujeres a las que amarán, sus trabajos, los accidentes de los que deberán reponerse, sus militancia políticas, sus hijos, etc. Los abuelos escuchan atentos esas historias con los ojos fijos en las caras de sus nietos para no perderse el más mínimo detalle. Para todos los abuelos de Darlemdia sus nietos serán unos héroes. Es muy emotivo observar cómo presumen los niños de sus abuelos cuando se cruzan en el parque con otro niño paseando a su abuelo. En los tórridos veranos de Darlemdia los abuelos saborean unos enormes helados de dos sabores, mientras sus nietos permanecen atentos con las servilletas de papel para evitar que se manchen las camisas. En los gélidos inviernos de Darlemndia los nietos obligan a sus abuelos a abrocharse los botones de los abrigos y a colocarse el gorro de lana. Es para los padres un alivio saber que mientras ellos están trabajando pueden dejar a los abuelos bajo la protección de los nietos.



viernes, mayo 29, 2015

El frasco




Hace muchos años viajé a un país gobernado por un rey caprichoso. La capital del reino albergaba un museo en el que se exponían multitud de extravagancias y decidí visitarlo. Tras varias horas recorriendo las salas llegué a una fuertemente custodiada por dos guardias. Entré y reparé inmediatamente en un frasco de vidrio que guardaba la cabeza de una mujer sumergida en formol. Su nariz mostraba unos extraños pliegues que llamaron mi atención. Tuve que acercarme para poder averiguar qué representaban esas costuras naturales. Descubrí, no sin cierto asco, contenida en el vértice de su nariz, la cabeza de la misma mujer, aunque a escala más pequeña. Y revisando el apéndice nasal de esa pequeña cabeza, encontré de nuevo la cabeza (aún más diminuta esta vez). Y así hasta el infinito. Un infinito infinitamente pequeño, se entiende. Comprendí que un átomo puede tener nariz y que ese frasco contenía tantas narices como átomos componen el universo.





sábado, mayo 09, 2015

El reconocimiento de Poseidón





Cuenta un abuelo a sus nietos que, cuando hizo la mili, conoció a un compañero gallego que le contó una antigua leyenda que a su vez había escuchado a un viejo marinero de la aldea.
Esto les relata:
Hace mucho tiempo, en un océano que por aquel entonces aún no tenía nombre, vivía una ostra muy querida por el resto de la fauna marina. Descendía de una familia de ostras que había gobernado con justicia e inteligencia desde hacía varias generaciones los fondos marinos. Era la menor de dos hermanas. Su vida pasó por mejores y peores momentos, pero siempre mostraba una luminosa sonrisa.
Un día una fuerte marea arrastró sin piedad corales y peces. Los alocados remolinos succionaban y escupían con fiereza todo lo que encontraban a su paso. Nuestra ostra contempló con terror como un golpe de mar abrió la concha de su hermana que salió despedida y comenzó a dar volteretas sin control. A duras penas consiguió llegar hasta ella. Al recoger e introducir el cuerpo aturdido en su propia concha, entendió que no cabían las dos en el interior. Tras unos instantes de pánico abandonó su casa quedando a merced de la marea que no mostró piedad. Pasaron las semanas y luego los meses y después los años, hasta que unos pescadores, al recoger las redes, vieron una ostra con el tridente de Poseidón grabado en la concha. Al abrirla descubrieron, junto a los restos carnosos, una preciosa perla blanca, luminosa como una sonrisa. La primera perla.



sábado, abril 11, 2015

Las dudas de Ricardo






Ricardo sabe que ha llegado el momento de buscar el sitio donde pasar el resto de sus días. Hasta ahora ha vivido su soltería sin ninguna atadura, viajando por varios países, unas veces por trabajo, otras por placer. Ha indagado en internet en diferentes portales especializados y ha llamado a varios teléfonos para ampliar la información. Se ha interesado por la calidad de los materiales y por los precios que marca el mercado. Sabe que si decide comprar calidad tendrá que pagarla. Lo único que tiene claro es que quiere que la ubicación esté cercana a la de sus padres. En cuanto a la inauguración de su nueva residencia, quiere que sea en una reunión con sus más íntimos y con la bendición de su tío cura.
Esta mañana ha dado la señal para reservar su nueva morada. Se ha decidido por uno de nogal con un sencillo forro interior de color crema. Por la tarde el médico le ha confirmado nuevamente el fatal diagnóstico, dándole dos meses de vida. Ricardo se muestra pensativo al volver a casa con la carpeta de los cuidados paliativos, ya que no sabe si contratar para su funeral a un violonchelista, o un coro de voces blancas.

viernes, marzo 27, 2015

El rabo de las lagartijas






Luis, Marcos y Mateo permanecen sentados sobre el borde del tapial de dos metros presidiendo la improvisada reunión convocada a lo largo del día. Frente a ellos, doce chicos expectantes. Cubriéndoles, una noche de luna nueva y miles de estrellas silenciosas, como ropa tendida. Marcos comienza explicando al auditorio que les han reunido para hablar del uso de las escopetas de perdigones. A continuación Luis les pregunta por su madurez y les obliga a jurar que ninguna palabra de las que se van a pronunciar trascenderá jamás. Una vez informados y juramentados, los rostros adquieren una solemnidad casi cómica teniendo en cuenta sus edades. Mateo salta de la tapia, se sitúa entre los chicos y se mete la mano en el bolsillo del pantalón, para sacar una lagartija muerta. La lleva sujeta de la cola y la va pasando a escasos centímetros de sus narices. Algunos sonríen, la mayoría callan; ninguno entiende nada. Mateo les recuerda que a sus dieciséis años es el mayor del grupo y que seguramente es el que más años lleve apretando el gatillo de una carabina y el que más plomo ha sembrado en los lomos de las lagartijas de Almonacid de la Fuente. Con la autoridad que todo lo anterior le confiere, les dice que, tanto él como Luis y Marcos, han notado que este verano las lagartijas parecen haberse mudado del pueblo. Todos asienten. Continúa preguntándoles si creen que es lógico seguir matando las pocas que quedan con vida, o si no sería más prudente darles una tregua este verano. Se abre un debate bastante anárquico que zanja Miguel, un chico de trece años pelirrojo que levanta la mano para pedir la palabra, lo que provoca una carcajada general. Miguel insiste y consigue su turno. Propone una solución intermedia que permita la supervivencia de los reptiles y garantice el inalienable derecho de cualquier adolescente a disparar a los animales en vacaciones. La solución, continúa, es disparar solo sobre el rabo de las lagartijas ya que, como todo el mundo sabe, la pérdida de este apéndice no implica ningún perjuicio sobre el animal, que lo volverá a recuperar en unas semanas. La sugerencia es votada y aprobada. Vuelven todos a sus casas, satisfechos y orgullosos de tener un secreto muy importante que nunca desvelarán a sus padres. Luis sueña esa noche con los caminos del pueblo repletos de colas de lagartija agitándose y golpeando las piedras.