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sábado, marzo 14, 2015
Casa de lenocinio
Severino Cifuentes visita la misma casa de putas desde hace diez años. Hoy toca; como cada dos semanas. Se baña, se afeita, se perfuma y se enfunda en unos vaqueros viejos que han adoptado la forma de sus glúteos y muslos. De camino al tercer piso del número cuatro de la calle Fuensanta, aprecia el buen gusto del escaparate de la tienda de muebles Nuevas Habitaciones; la belleza de Paula, la dependienta rubia de la panadería que se echa un pitillo en la puerta y a la entrañable pareja de nonagenarios formada por Manolo y Pilar que decidieron acabar sus días paseando cogidos de la mano y saludando con la que les queda libre.
Sonia, la madame, le abre la puerta cubierta con una bata de seda salpicada con figuras orientales, le da dos besos y le lleva a la salita de espera. Al rato aparece Marta: una española que frisa los cuarenta y muy delgada, como le gustan a Severino. Recorren el pasillo en dirección a la habitación de siempre. Severino se sienta en una silla junto a la cama, mientras Marta rebusca en el armario. Saca sobre sus dos manos una caja negra de tamaño mediano. Severino nota como un escalofrío le recorre la espalda. Marta sonríe al verle y saca los utensilios de la caja. Severino se aferra a la base de la silla excitado. Marta le coloca una toalla sobre los hombros, le embadurna el cráneo con espuma de afeitar y le da un breve masaje. A continuación le pasa la Philips con la delicadeza de una mujer que disfruta con su trabajo. La operación dura solo quince minutos que finalizan con la aplicación de una loción aftershave. Han hablado de viajes, de sexo, de amor, de buenos y malos. Han reído juntos y Marta le ha confesado que una vez estuvo casada. También le ha dicho que él es el único cliente de la casa al que no le hacen pagar el servicio por adelantado. "Que ya sabes Seve, que hay mucho cabrón suelto".
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Severino Cifuentes
sábado, enero 03, 2015
Bailar para los demás
Severino Cifuentes opina que es aburrido ver bailar a la gente. Lo hacen sin vaciar la mente. Sin perder la inhibición. Y todo eso se manifiesta en los torpes movimientos de los brazos, las piernas y las cabezas. Parecen querer bailar para los demás. Sí, ese es el error. Severino Cifuentes solo está cómodo en las pistas de baile cuando están a punto de echar las persianas; cuando el último borracho
recoge el abrigo y lo arrastra hasta la puerta.
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domingo, noviembre 16, 2014
El último empleo de Severino Cifuentes
El último empleo de Severino Cifuentes fue el de ejecutivo de costes en una multinacional. Tras un año de meticuloso trabajo, consiguió reducir el gasto de proveedores de existencias en un 30% y el de servicios en un 40%. El mismo día que recibió las felicitaciones del presidente de la compañía, entregó la carta de dimisión al consejo de administración. En la carta explicaba que, al no poderse
reducir más los gastos, su puesto había pasado a ser prescindible y por lo tanto un gasto inútil. De esta forma Severino fue consecuente hasta el final con la tarea que le encomendó la empresa.
El día que recogió sus bártulos del despacho fue despedido por sus compañeros entre miradas de admiración. Un ejecutivo de ventas telefoneó esa misma mañana a su amante para dejar la relación adúltera que mantenía a espaldas de su esposa.
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Severino Cifuentes
sábado, octubre 25, 2014
El gran amor de Severino Cifuentes
Severino Cifuentes apagó el televisor, entró en la cocina para beber un vaso de agua, en el lavabo para cepillarse los dientes y, finalmente, en el dormitorio donde ella permanecía en silencio. Se sentó en el borde de la cama de matrimonio y le resumió el último capítulo de La cúpula antes de cubrirse con las sábanas. Ella le escuchó con los ojos abiertos pero sin mostrar ningún interés; como siempre. Le contó dos anécdotas de su jornada laboral, que él creía graciosas, pero ella siguió ajena al relato. Le propuso sexo, a lo que ella nunca se negaba, pero esta vez se mostró especialmente rígida ante la proposición. Extrañado, Severino abrió el cajón de la mesilla de noche, sacó un paquete, lo abrió, y extrajo la batería de su interior. Dio la vuelta a su amante de látex, desatornilló la tapa disimulada debajo de la axila y cambió la batería. Ella comenzó a girar la cadera y a pestañear. Los gemidos de Severino se mezclaron con el jadeo metálico de ella, lo que renovó, una noche más, el tormento de sus vecinos hartos de tanto frenesí made in China.
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miércoles, diciembre 25, 2013
Severino compra una mascota
Severino se sentía solo.
(Severino siempre ha huido de las rutinas, especialmente de la compañía de una pareja estable. Renunció hace años a la posibilidad de mantener vínculos duraderos con otros humanos, por lo que limitó sus relaciones a contactos esporádicos y breves en los que obtener algo de sexo, risas, pan y otros elementos que le garantizasen una vida más o menos cómoda. Trabaja en casa. Sus amistades forman un grupo reducido con gustos noctámbulos, entre los que destaca el alcohol).
En el último polvo, tras el cual -como hace siempre- invitó a abandonar el lecho y la casa a la sorprendida amante, se quedó profundamente dormido y volvió a soñar que viajaba. Al despertar encontró una nota en el espejo del baño en la que pudo leer la palabra "gilipollas". Se rió a carcajadas al darse cuenta de que posiblemente estaba viendo en el espejo dos gilipollas.
Se vistió y fue a ver al Dr. Camino. Esta vez no le recetó pastillas: le recomendó una mascota. Severino buscó en internet, pero la elección no le resultó fácil. Nunca aceptaría una mascota cuyas caquitas no cupiesen en una cucharilla de café, con lo que descartó a la mayoría de mamíferos. Le dan dentera los roedores y esa manía de limarse continuamente los incisivos. Los insectos no tienen esqueleto. Finalmente se decidió por comprar un halcón. Consiguió un ejemplar perfectamente adiestrado que había trabajado en un aeropuerto enloqueciendo a las palomas y otras aves. Severino devoró libros de cetrería y preparó la terraza para su nuevo inquilino.
Severino está ilusionado. En el bar le dicen que le notan cambiado.
Al amanecer se acerca a la terraza donde el halcón le espera ufano, abriendo y cerrando el pico. Se embute la mano en el guante de cuero sobre el que salta el pájaro. Cuando llegan al parque que tienen detrás de su edificio, los vecinos que han madrugado para pasear a sus perros se apartan prudentemente a la vez que tiran fuertemente de las correas. Un chillido ensordecedor agita las copas de los árboles y cientos de palomas escapan despavoridas, chocando unas contra otras salpicando el césped de plumas. Severino alza la mano de la que salta el halcón en vuelo vertical hasta desaparecer en el inmenso cielo. Será un leve silbido lo que le avisará del regreso de la rapaz -siempre con una paloma entre las garras-. Las ordenanzas municipales prohíben este desatino, pero ningún vecino osará nunca denunciar a Severino Cifuentes.
Severino admira la impiedad del halcón. Lo considera un animal solitario y cruel. Esta noche observa con los prismáticos las ventanas que aún permanecen encendidas y elucubra un plan mientras acerca un poco de pollo crudo a su amigo.
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Severino Cifuentes
sábado, diciembre 14, 2013
Severino Cifuentes se queda en casa
Severino Cifuentes ha decidido quedarse en casa este fin de semana, para poder realizar un ambicioso proyecto.
Sábado:
(9h15m) Le ha despertado un sueño -el último-. Los sábados el despertador guarda silencio y las lamas de la persiana duermen juntas.
(9h 22m) El desayuno, frugal. La ducha, rápida, tanto que algunas células epiteliales muertas permanecerán unidas a las vivas un día más. La excitación de Severino es enorme.
(9h 56m) Busca en los armarios, los cajones, baja al trastero, sube y vuelve a registrar cada rincón de la casa. Al final consigue reunir cincuenta y tres bolsas.
(10h 18m) Severino contempla frente a él, sobre el escritorio, las bolsas y el envase cilíndrico de la botella de cava que venía en la cesta de navidad. Enciende el ordenador y busca en YouTube algo de música.
(10h 19m) Comienza el reto: Severino va a intentar rellenar el cilindro con el mayor número de bolsas posible. En el primer abordaje consigue introducir un máximo de diecinueve bolsas sin plegar, tan sólo apretujándolas sin ninguna estrategia y empujando con el puño.
Sonríe y apunta el número en la libreta. Las saca arrugadas.
(10h 22m) Cambia la música de YouTube.
(10h 24m) Repasa concienzudamente las anotaciones de la libreta en las que aparecen ocho consejos que ha ido discurriendo en las últimas semanas.
(10h 28m) Selecciona diez bolsas. La de la Fnac, que tiene un tamaño de 41cm de larga por 37cm de ancha, la convierte en un cubo de 5x5x1, tras dieciséis dobleces.
(10h 31m) La introduce en el fondo del envase, operación que repite con las otras nueve bolsas de la primera selección hasta completar la base. Cada bolsa ha acabado reducida a un tamaño final distinto, dependiendo, en parte, de la habilidad y la motivación de Severino y, en parte, de la envergadura original de cada una.
(10h 40m) Segunda capa.
(10h 49m) Tercera capa.
(11h 57m) A Severino le tiemblan las manos por el esfuerzo. Está nervioso y suda. Apaga la calefacción y se tumba en el sofá.
(13h 43m) Se despierta y se calienta una pizza para comer.
(14h 32m) Se lava las manos y la cara. Retoma el trabajo.
(14h 37m) Cuarta capa
14h 43m) Quinta y última capa. Le duelen los pulgares, pero piensa que el reto está a punto de finalizar. Tan solo le faltan seis bolsas para completar las cincuenta y tres.
(16h 51m) Solo faltan cinco.
(19h 26m) Cuatro.
(23h 21m) Tres. Agotado y dolorido, Severino grita y llora como un niño.
Domingo:
(7h 12m) Severino salta de la cama y se abalanza sobre el escritorio.
(12h 47m) A Severino le sangran los dos pulgares y le falta la respiración.
(18h 22m) Faltan dos.
(20h 21m) Una. Todo está borroso y la sangre ocupa el espacio que queda entre las bolsas.
(22h 36m) La niebla absorbe para sí misma la luz de las farolas, lo que deja las calles de la ciudad a oscuras. Sin embargo, cualquier observador asomado a su ventana podrá ver a un loco corriendo en pijama, alzando un bote entre sus manos para ofrecérselo a la luna.
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miércoles, noviembre 27, 2013
Severino Cifuentes regresa a su piso (2ª Parte)
Severino Cifuentes al salir de la consulta del Dr. Camino decide volver a casa directamente sin pasar por el bar. Es tarde. Se mete en la panadería y compra una baguete de pan integral. Visita la farmacia y compra unas gafas de cerca. Hace tiempo que perdió la cuenta de las gafas de cerca que acumulan sus cajones, mesillas y estantes. Cuando tres años atrás le diagnosticaron presbicia, se obsesionó en almacenar los anteojos, como si con ello fuera a frenar el avance de las dioptrías.
¿Dónde tenemos a Severino? Con tanta palabrería le he perdido de vista. No está en la farmacia; tampoco en la calle, la escalera...Ya lo veo. Está dentro de su apartamento. Jadea, por lo que deduzco que ha subido las escaleras andando. Si atamos cabos -pan integral, presbicia y subir las escaleras andando-, veremos que Severino Cifuentes es un cuarentón. Un cuarentón coqueto. Pero además es un solterón, melómano, bibliófilo, sensible, juerguista, muy gracioso y un poco misántropo. Obviamente el apartamento comparte los mismos calificativos que he dispensado a Severino. Las pocas paredes que permanecen vírgenes de estanterías y de libros, están ocupadas por decenas de fotografías. Es precisamente la temática de las mismas, lo que nunca olvidará ninguna visita. Las fotografías siempre representan la misma imagen: peinetas. Pero no las que llevan algunas mujeres clavadas sobre el moño. No. De las otras. Es decir, una mano con todos los dedos recogidos salvo el dedo corazón, izado e inhiesto. A lo largo de los años Severino Cifuentes ha conseguido fotografiar las manos de todos sus familiares, amigos y compañeros de trabajo, en tan escatológica posición. Son manos pequeñas, grandes, finas, de dedos regordetes o estilizados, manos masculinas y velludas o pálidas y frágiles. Del reverso o del anverso. Con uñas cuidadas o víctimas de onicofagias enfermizas. Aunque Severino Cifuentes no pone el nombre del propietario de cada mano, recuerda siempre al dueño. Y son casi un centenar. Absolutamente todas las visitas que han pasado por el apartamento de Severino Cifuentes han quedado fuertemente impactadas por tan extraña e irreverente exposición, pero nadie ha hablado de esto con nadie. Posiblemente este silencio esté causado por una mezcla de respeto y de miedo.
Severino se ha tumbado en el sillón. Se ha quedado dormido pensando en lo que debería contar y callar en la próxima visita al psiquiatra.
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domingo, noviembre 24, 2013
Severino Cifuentes en el diván
Severino Cifuentes permanece tumbado en el diván de la consulta del prestigioso psiquiatra, Dr. Camino.
Severino: La mayoría de las personas se excitan por coincidir con un músico famoso en la recepción de un hotel, o cuando acuden a la firma de una novela. Pero yo conocí al diablo.
Dr. Camino: ¿Cómo fue? Amplíemelo. Cuénteme que pasó.
Severino: Fue hace unos cuatro años. Me ahorraré detalles ya que prefiero ir directamente al grano. Cuando lo tuve frente a mí, no sabía aún de quién se trataba. Ahora tengo el convencimiento de que conversé con el mismo diablo. Si no le importa, evitaré reproducir las palabras que intercambiamos aquella mañana del mes de mayo y me centraré en las sensaciones que me produjo su presencia y sus palabras.
Dr. Camino: Como usted prefiera. Siga por favor, le escucho.
Severino: En primer lugar quiero aclararle que antes del encuentro con ese ente, no dejé de recibir avisos que me prevenían de la cercanía del desastre. Porque eso supuso para mí el encuentro con el diablo. El gran desastre de mi vida. La decisión de verme con él, pese a la alerta de mi ángel de la guarda, la comparo con la del que decide coger el coche pese a estar borracho y acaba en una silla de ruedas; una mala decisión sin marcha atrás.
Dr. Camino: (tras un minuto de silencio). Si lo desea seguimos otro día.
Severino: No puedo evitar, por otra parte, aunque parezca ilógico, estar agradecido ante el honor de que el mismísimo diablo se interesase por un ser tan insignificante como yo. Que el ángel caído que presentó batalla contra Dios en el origen de los tiempos, me tendiera una trampa a mí, precisamente a mí, me produce un extraño sentimiento de orgullo. Perdone, no puedo evitar sonreír al escuchar mis últimas palabras.
Dr. Camino: Tranquilo.
Severino: Tal y como le dije al principio, evitaré, o mejor dicho, rodearé la literalidad de nuestra conversación y pasaré a describirle cómo recuerdo, cómo es la naturaleza del diablo.
Dr. Camino: Adelante.
Severino: Pese al poder que emana cada poro de su piel y pese a ser el auténtico soberano de la tierra en la que vivimos usted y yo, es un ser triste. La amargura impregna cada palabra que nace de su boca. La felicidad es un sentimiento humano que él desearía saborear, pero que se tiene que limitar a ver pasar frente a sus narices. Entendí que debe ser horrible para un rey carecer de la posibilidad que tiene el más humilde de sus súbditos de disfrutar con la sonrisa de un hijo, no llegar a sentir nunca las mariposas en el estómago de una primera cita, o sentir el escalofrío de una caricia. Ahora comprendo que esa frustración es la que ideó Dios para castigar al diablo cuando decidió desterrarle. Sin duda solo la mente más brillante pudo pergeñar semejante condena.
Dr. Camino: ¿No desea explicarme en qué aspectos afectó a su vida este extraordinario encuentro?
Severino: No. Creo que es hora de acabar con la sesión de hoy.
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