Eso fui yo.
Una gran funda de cuero pálido
articulada por vigas de calcio,
vísceras palpitantes y autopistas de oxígeno.
Un odre alquímico con el que transformar el barro
en oro, el aire en cáliz, las moléculas en aromas,
el carbono en ideas, los fotones en suspiros.
Ese fui yo.
El niño ingenioso que hacía reír,
que jugaba con las palabras mejor que con la pelota.
que creció mirando adelante, demasiado adelante.
El hombre que amó y fue querido,
que buscó luz donde el resto aprovechaban la oscuridad para dormir.
que se asomó al abismo y su eco lo transformó.
Ahora solo veo
Un bulto inerte bajo un viejo olivo solitario
la espalda apoyada, la cabeza inclinada
la boca entreabierta, seca;
una marioneta sin hilos.
Un poema intenso y hermoso, lleno de imágenes que transforman el cuerpo y la memoria en pura alquimia. La transición del yo vital al yo inerte bajo el olivo es devastadora y luminosa a la vez. Una reflexión profunda sobre lo que fuimos y lo que queda.
ResponderEliminarUn fuerte abrazo
Muchas gracias, Enrique. Feliz año. Un abrazo,
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